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Encés en flama (1)

Por JR García Bertolín

Me asomo a la ventana y no veo a la chica de ayer, pero descubro que las Fallas ya están aquí. Lo sé porque la pequeña plaza de vocación peatonal, nunca consumada, aparece atestada de coches aparcados como caravana cíngara o como si se preparasen para defenderse de un inminente ataque de los apaches. Lo sorprendente es que sus dueños, uniformados con sus polares azules, parecen no tener ningún miedo a recibir el mismo trato que los demás ciudadanos: una buena multa en escasos minutos y un gruazo que te robe la alegría y te rompa el mes si te descuidas un poco más. Ja s’acosta Sant Josep. La calle vuelve a ser suya.

Hace muchos años que en ese mismo corazón partido y herido de la ciudad, con sus putas, sus traficantes, sus macarras, sus niños esnifando pegamento, me sorprendía la irrupción fallera de señores con puro cubano de importación, cochazo Mercedes Benz y señora con espléndida permanente, antes de dar paso al traje siglo XIX a juego con el rigurosamente negro cucaracha de sus maridos. Resultaron ser los falleros del barrio, de un barrio de mala nota por el que muchos ciudadanos decentes y honrados sólo se atrevían a adentrarse durante esos días festivos.

Treinta años después siguen por allí las putas, los macarras, los camellos, los proxenetas, pero también hay mucha vivienda joven y ya no se ven niños dándole a la cola y reventándose los pulmones. Algo ha cambiando, pero los falleros de las distintas comisiones del barrio siguen sin ser del barrio. Son Guadianas que aparecen y desaparecen, vienen y se van. Los veo salir del piso sin insonorizar convertido en Casal, y no me suena haber visto ni una sola cara el resto del año. Definitivamente, en Especial o en sección modesta, los falleros de mi barrio no son de mi barrio. Si acaso estrellas invitadas con licencia para aparcar, para disparar (fuegos y mascletás) para decidir que aquellos cuatro bancos que un día pusieron y que limitaban el aparcamiento irregular en la Plaza con nombre de batalla perdida, fueran un visto y no visto, otra batalla perdida, y desapareciesen para siempre porque molestaban durante unos pocos días.

Y por la tarde Crida, con la alegre muchachada tomando la calle por primera vez, y una Fallera Mayor que, esta sí, habla un buen valenciano. Sin postizos ni imposturas


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