Resulta curioso que con 18 años te juegues tu vida en 15 segundos con 80 centésimas, ¿verdad? Pues así son las pruebas para entrar en el Instituto Valenciano de Educación Física (IVEF). Decenas de adolescentes se congregaron hace unos días en el Centro de Alto Rendimiento de La Pechina para encontrar la ilusión y el triunfo o chocar con la decepción y, en muchos casos, la rabia o el llanto desconsolado.
Por partes. Para quien no lo sepa, las pruebas físicas para entrar en el IVEF son excluyentes. Hay una serie de test que los jóvenes deben superar si quieren pasar el corte y optar a esta carrera universitaria. La mayoría coincide en que la prueba de habilidad es la más complicada. Ésta consiste en driblar unos conos con un balón de voleibol con la mano y con el pie. Al final del recorrido, el aspirante debe impulsar la pelota tres veces a un agujero en la pared con la mano y con el pie. Para superar la prueba debe atinar los disparos y no pisar la línea de marca. Todo en 15 segundos con 80 centésimas. Para flipar.
La presión que viven los jóvenes no tiene nada que envidiar a la que nuestros futbolistas han sufrido en el mundial de fútbol. Tienes tres intentos para cumplimentar con éxito el recorrido. Chicos y chicas con gran habilidad o experiencia importante en clubes deportivos vieron como los nervios les traicionaban al pisar una línea, derribar un cono o, simplemente, cometer alguna acción no permitida. Esto convertía el intento en nulo y llevó al fracaso a alumnos con las condiciones adecuadas y, en muchas ocasiones, con un expediente académico brillante.
Las escenas de dolor y rabia que se vivieron en las pruebas no han ocupado ninguna portada –ni siquiera página- de los periódicos, pero esos chicos bien merecen este humilde reconocimiento por el esfuerzo y tensión vivida o, simplemente, por su disgusto. Desde luego, uno no les envidia la tarea a los jueces de este examen, quienes tienen que lidiar con padres indignados y alumnos suplicantes. No es fácil cargar con la injusticia de señalar a un chico con el dedo y decirle que no es apto, y que deberá esperar un año para, tal vez, volver a estrellarse contra el mismo muro.
¿No sería mejor puntuar las pruebas y equilibrar así la balanza? ¿Es necesario considerar a los jóvenes aptos o no aptos? Y por encima de todo, me surge una pregunta: ¿no hay otra forma de hacer las cosas para evitar cada año ese derramamiento de lágrimas de adolescentes en su mayoría válidos?
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