De 8.40 a 9 de la mañana, el tutor o tutora revisa el uniforme de su alumnado: la camisa, metida por dentro del pantalón, la corbata lo suficientemente larga y la chaqueta puesta. No se la podrán quitar sin el permiso del profesor. En teoría. Como en teoría también tienen que pedir permiso para beber agua. Como en teoría también todos los alumnos llevan consigo una agenda que servirá de nexo de comunicación entre los padres y el profesorado. Este último detalle, más propio de parvulario, se utiliza en algunas escuelas de secundaria del Reino Unido. La organización parece eficiente. Hay cuatro grandes edificios en el centro. Cada uno con un nombre distinto y un color asociado. El alumnado se divide entre los cuatro edificios y para ello cada uno lleva la corbata del color de su House. En cada bloque, un jefe de estudios. Pero en el fondo, en el interior de las aulas, consumen el tiempo estudiantes conflictivos, irrespetuosos, arrogantes y maleducados. “¿Cuál es el trabajo más duro que has hecho en tu vida?”, me preguntó la jefa del departamento de Modern Foreign Languages (en el que cubro una vacante por maternidad). “Fregar platos en un restaurante” fue mi respuesta. Mentí. Éste trabajo es el más desagradable que he tenido nunca. Y no llevo ni tres meses. En una High School pública inglesa puedes toparte con una clase excelente o con un grupo tristemente desinteresado e incluso patético. Ambos han sido previamente confeccionados por los docentes según el nivel de inteligencia y habilidad de cada alumno para cada asignatura. El resultado: grupos de alto rendimiento con estudiantes destinados al sobresaliente o la matrícula de honor frente a clases mediocres o incluso repletas de los clásicos dos o máximo tres repetidores de aquellas aulas españolas de la EGB en las que estudié. Enseñar lenguas extranjeras en un instituto del interior de Inglaterra resulta asimismo un gran reto cuando la mayoría de los alumnos creen que por hablar inglés “no necesitan otro idioma”. Otro gran problema al que los profesores se enfrentan cada día es la falta de respeto. ¿De qué? De respeto. Algo que muchos de los estudiantes, algunos incluso en clases set 1, hace mucho tiempo que perdieron por sus profesores. “Me da igual que me castigues porque no pienso ir” o “profesora, no querrás verme enfadado” son contestaciones que no sólo yo he tenido que escuchar. A pesar de ser “nueva, joven y chica, y empezar a final de curso, que es lo más difícil” –me consolaba un compañero–, estas faltas de educación las soportan también mis compañeras. Los exámenes los realiza en el Reino Unido una empresa externa al colegio. Esto, en mi opinión, roba mucha potestad y autoridad al maestro. “Pero el examen es el examen. De lo contrario, el profesor podría emplear ese poder de forma fraudulenta”, defiende otro colega. “La actitud día a día en el aula es algo que se valora también y puede subir o bajar la nota”, insisto. “Ya, así es como se hacía aquí hace años”, sentencia. No pienso prolongar una conversación sin acuerdo a la vista pero empiezo a entender porqué la gente me consuela cuando les digo que trabajo de profesora en una High School.
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