El último novio que tuve me robó un trozo de calle. Y me molesta porque era una calle por la que me gustaba caminar, porque pasaba por allí para ir a trabajar y sobre todo porque siempre encontraba sitio para aparcar.
Hasta ahora, en las ya numerosas rupturas vividas en primera y en tercera persona, por el camino no se habían quedado más que los típicos libros de inglés, algún que otro “cedé”, o incluso algo de ropa que dejas olvidada en ese divertidísimo “living-apart-together”. A menudo también se quedan amigos. Los suyos, claro. Esos con los que conectaste y que ahora queda raro que llames.
Pero, ¿una calle? ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí? Y lo que más me preocupa. ¿Qué será lo siguiente? ¿Y si llega a ser la ciudad entera? ¿Qué hubiese hecho? ¿Les ocurre eso a aquellos que deciden dejar su ciudad natal e irse a la de su amado cuando la relación se acaba? Ya sé que a Bustamante- ¡qué gran filósofo!- le robaron la vida y las llaves de sus sentimientos… pero yo creo que una calle es mucho peor.
Ahora doy rodeos para llegar a mi casa, doy vueltas y vueltas para aparcar y todo para que no parezca que quiero pasar por allí para hacerme la encontradiza. El “¡uy!, y tú por aquí, qué casualidad”… no me va nada.
“Eso te pasa por enrollarte con alguien del barrio”, me repito, “sabías desde el primer momento que esto pasaría, tarde o temprano”. Y mi otra parte responde “ya, pero no por saberlo ibas a dejar de hacerlo”.
Total, que si hago un balance de cuentas de las relaciones podría decir que tengo. En el “deben”: libros, películas, pendientes, camisetas, tangas, dinero (tenía que decirlo) y… una calle. Y por supuesto una enorme retahíla de promesas incumplidas.
Y en el “haber”: nuevos amigos que ahora compartimos, grupos de música que nunca había oído, así como películas y actores, calcetines, camisetas, algún punto erógeno que nadie había explorado, un pueblo perdido de la serranía de Cuenca, recetas caseras de una madre que no es la mía, manual de instrucciones para subir a una moto de 600 y un montón de historias sobre las que escribir.
Pensándolo bien, me han dejado más que me han quitado. Aunque tendría que mirar qué ha quedado en el pasivo inmovilizado y deshacerme de él. El rencor o la desilusión no sirven para nada. Lo convertiré en acciones y las venderé. Espero que no se den cuenta de que son activos contaminados…
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En un balance el inmovilizado siempre forma parte del activo. De hecho, tú misma afirmas que lo quieres convertir en acciones que al final resultarán activos contaminados. Si vendes el inmovilizado y te lo pagan en cash tienes un apunte de caja y si es con transferencia o cheque ingresado, el apunte va a bancos. En fin, todo cuentas de activo anotadas en la columna del "haber", como bien señalas. Interesante artículo, por otro lado, que muestra un notable sentido del humor y una gran capacidad para distanciarse del dolor. Los toques sexuales, muy acertados. La metáfora de la calle, un poco tópica pero bien desarrollada, sobre todo por el detalle irónico de la dificultad para aparcar. Brillante el uso de campos semánticos y la enumeración de "películas...un pueblo de la Serranía de Cuenca..." Un pero gramatical: "Esos con los que conectaste y (a los) que ahora queda raro que llames." La herida del corazón es ya sólo un rasguño. Buen trabajo, Rueda.
Querida Walkiria, lo que te quitan, o pierdes, lo puedes recuperar o reemplazar, aunque mientras eso sucede el vacío que esos objetos, lugares o sentimientos dejan sigue ahí. Lo que te dan, tangible o intangible, permanece en la medida en que nosotras queramos y lo convirtamos en algo positivo, incluso en activos, como tú bien dices, que puedes reinvertir a un riesgo relativo.