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Bagatelas 

La desastrosa Feria de Turismo

Por Héctor González

La Feria de Turismo de la Comunidad Valenciana ha corroborado que su crisis supera, con creces, la del propio sector. Un año más, y ya van seis, los expositores tenían menos que ofrecer el pasado fin de semana que cualquier agencia de viajes de la calle La Paz de Valencia. Media decena de destinos extranjeros, un puñado contado de comunidades autónomas y las clásicas casetas de los pueblos financiadas por las diputaciones. Poco más.


Ni siquiera Cataluña, la vecina del norte, estaba presente. El que ni ellos valoren la posibilidad de captar al turista valenciano lo dice todo de un certamen que, en sus inicios, pretendía competir con la mismísima Feria Internacional de Turismo de Madrid (Fitur).


El ambicioso objetivo con la que la exhibió el presidente Camps en sus albores, cuando algún iluminado gestó la peregrina idea, se ha transformado en una lenta agonía. Sí, tenía su lógica organizar una feria de turismo en una comunidad turística por excelencia como la valenciana. Pero, como todo, no basta con pensar, hay que actuar, y hacerlo bien.


Los operadores profesionales no la consideraron interesante ni siquiera al principio. Los organizadores han ido cambiando de fechas para encontrarle un hueco digno en el calendario. Las entradas se regalan o, para quien no tenga algún conocido que reparta, están a la venta por tres  euros. Eso sí, a quien entre lo llenan de papeles.


Los alcaldes de los pueblos han perdido el interés por pasarse el día entero en la feria. Hasta los concejales de turismo apenas se dan una vuelta. Dejan allí a algún trabajador del ayuntamiento de turno o a una azafata con cuatro folletos y con unas mínimas ideas del lugar del que ha de informar.


Ante tal desaguisado no estaría mal retornar a la idea de la feria de los pueblos que se montaba en la explanada de Nuevo Centro. Allí se juntaban los municipios de la provincia de Valencia en pequeñas casetas y ofrecían, además de hojas informativas, suculentas elaboraciones gastronómicas. Mayores incluso que las del certamen celebrado el pasado fin de semana.


Resultaba más acogedora que los enormes y semiocupados pabellones de Feria Valencia y, sobre todo, evitaba a los vecinos de la capital tener que desplazarse a Paterna y buscar aparcamiento entre las callejuelas de Benimàmet. Volvamos a la modestia porque este proyecto faraónico ya ha demostrado con creces que carece de atractivo.

 


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