Madrid, 23 horas de un miércoles. Taxi desde el barrio de Salamanca a Lavapiés. El amigo Domingo decide llevarme por Atocha y se topa con las fastuosas máquinas asfaltadoras de Ruiz Gallardón provocando colas kilométricas. ¿Estas cosas no se hacen de madrugada para no molestar?
Tras cagarse convenientemente en su madre, me dice que no entiende por qué aquí en España levantan las calles una y otra vez, y que en su barrio peruano natal sólo recuerda un momento de obras en sus 40 años de existencia. “Aquí no se puede vivir, sólo venir de joda, como dicen los turistas: Spain, fucking and drinking”. Me hago fan de Domingo irremediablemente. Le cuento que acabo de estar en Valencia y que la cosa, sin ser tan bestia, está más o menos así por el centro.
Después de seis meses de destierro, me chocó la frontera bélica entre las calles Ruzafa y Colón. Esperando ver el centro tranquilón de siempre, casi me asfixio con la humareda. Ni pregunté qué pasaba. Problema: en este tiempo en la capi he normalizado eso de aspirar asfalto y polvo e ir dando saltitos a lo Super María Bros. para no caer en huecos donde antes había baldosas.
Lo de las Olimpiadas ha sido un golpe bajo. El pobre Ruiz Gallardón apurando las obras para las fotos finales de Copenhague y bueno... a lo hecho, pecho. El tema es que sólo nos quejamos los guiris, los madrileños ven el vaso medio lleno. “Con lo bonita que está quedando!”. Claro. Después se cachondean con la Sagrada Familia y sus 127 años de construcción, pero al menos Gaudí no da por saco a nadie (bueno, un poco a los del AVE Madrid-Barcelona).
Ahora la verdad es que no puedo quejarme. Puedo bordear los checkpoints y no despertarme con ruido de excavadoras a las 7 de la mañana (sábado inclusive). Los de barrios de interior somos afortunados. Lo peor es para Domingo y sus colegas madrileños y valencianos, día tras día tragándose la última de los reinventores de la metrópolis. Pinche alcalde!
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Yo lo que a veces me pregunto es si todas las obras son necesarias... ¿o son otra excusa para chupar del bote?
Obra maestra del periodismo del siglo XXI. Me quito el sombrero. Qué manera de hilar ideas. Qué visión globalizada del mal que aqueja a las grandes urbes. Le ha faltado sólo hacer un pequeño homenaje a un Fary, titulando el artículo "Apatrullando la ciudad".
Pinche periodista! tú si que vales. A nuestro periodismo patrio le hace falta un poquito de ironia corrosiva y tocacojones Una Jartá de lo politicamentecorrecto es lo que nos inunda