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La opresión de Marruecos

Por Héctor González

La insidiosa actitud del gobierno marroquí contra los medios de comunicación españoles ha logrado generar una curiosa corriente: la del respaldo colectivo al trabajo de los periodistas.  Está prestigiando el oficio. La sociedad, el ciudadano de a pie, comienza a cambiar su imagen del profesional de la información y ya se percata de que más allá de Mariñas, la Patiño o Pepe Domingo Castaño con sus ´puritos´ existe el periodismo.


Ahora se pone en la piel del redactor de RNE expulsado o de los trabajadores de SER y RTVE golpeados. Le hierve la sangre cuando el gobierno marroquí lanza una andanada tras otra contra el ecosistema comunicativo nacional culpándolo de todos sus males. Cuando desde el ministro de Exteriores hasta el de Comunicación se atreven a dar lecciones de periodismo desde un país que encarcela a cualquier profesional que dirija la más mínima crítica velada contra Mohamed VI.


Marruecos ha avanzado económicamente pero se ha quedado anquilosada democráticamente. La libertad de expresión no existe como tal en su más amplio sentido. Tampoco la de información. Ni para el ciudadano de a pie ni tan siquiera para el foráneo. Basta con que escribas en el documento de entrada al país que tu profesión es la de periodista para que te lleven a una ventanilla aparte y te sometan a una larga retahíla de preguntas. Me ocurrió en 1996 y volví a vivir idéntica situación en 2009. Nada había variado en 13 años.


Desde esa escasez de miras que teme todo lo que signifique información no resulta extraño que cualquier noticia, por muy imparcial que se emita, se la tomen como una ofensa. Que arrasen el principal bastión saharaui y, lejos de buscar estúpidas excusas para disculparse,  arremetan contra quien difunde aquello que allí ocurre.


En los viajes que por trabajo y ocio he realizado a Marruecos he podido comprobar que esa hostilidad parte en exclusiva del monarca plenipotenciario y de su gobierno títere sin la aquiescencia popular. Por imposición no consentida pero sí sufrida. Los ciudadanos no comparten esa opresión de las libertades de expresión y de información. Pero prefieren callar o emigrar a sufrir la represión. Lógico y natural.


Como vecinos de ubicación terraquea, periodistas y, sobre todo, seres humanos, tenemos derecho a informar y a estar informados de cualquier acontecimiento que sucede. Si el gobierno marroquí no quiere que trascienda su violencia contra los saharauis tan sólo ha de hacer una cosa: no cometerla.

 


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