| Políticamente correcto |
La polémica en torno al uso público del burka lleva años dirimiéndose allende los Pirineos. Sin embargo, por estos lares hacemos uso de otro tipo de velos, los aplicados a la libertad de expresión. Menos aparatosos, pero igualmente efectivos, a fuerza de sibilinos y sistemáticos. Nos referimos a la etiqueta de lo políticamente correcto. Un inquietante estigma que nos recuerda que la democracia es una cuestión de grado y que la cristalización de una cultura política homologable al resto de las europeas parte con 40 años de desventaja y una Leyenda Negra a cuestas.
El mérito y el riesgo estriban en la identificación de lo políticamente correcto y lo que no lo es. Por ejemplo, en los más diversos foros, se computa como un valor añadido la militancia en el PCE durante el franquismo, sin discriminar entre si el protagonista era partidario de la reconciliación nacional u opinaba, como Enrique Líster, que la Guerra Civil no había terminado.
Otro fenómeno en el que históricamente se ha rastreado el influjo de esta corrección política ambiental ha sido en la recurrencia del voto vergonzante a AP/PP, es decir, el que se oculta en las encuestas pero se vierte en la urna. Frente a la franca recesión de esta tendencia, se atisba una similar en la masiva deserción de los apoyos al zapaterismo, de tal magnitud que da la impresión de que el leonés no venció en dos elecciones legislativas.
La dictablanda de lo políticamente correcto ha censurado más en la España contemporánea a la diestra que a la siniestra. La explicación la hayamos en la cercanía en el tiempo de un régimen autoritario (Linz, en base a criterios politológicos y pese a los adalides de la corrección, dixit) de derechas. Por otro lado, en las antiguas democracias populares de Europa del Este, se localiza un visceral anticomunismo entre los jóvenes más radicalizados. Pero, desde antaño y sin solución de continuidad, el hilo conductor que hermana los extremos del espectro es el antisemitismo.
Aunque descafeinada y parcialmente inhibida por las prácticas democráticas, estamos hablando de una noción ancestral. Y como la vieja metáfora del chivo expiatorio se inocula con éxito no sólo en el eje izquierda-derecha sino también en el territorial, no nos costaría visualizar la personificación de la misma que encarnó en su día Arzalluz, al que se podía acusar incluso de que España no pasara de cuartos de final.
Valga esta divagación como recomendación del afán crítico y la duda metódica cartesiana, como alegato en pro de la libertad de expresión y modesto homenaje póstumo al referente Vaclav Havel.
* Simón Alegre (Fòrum Persones i Societat Valenciana)
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