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Bagatelas 

El cazador de leones

Por Héctor González

Los 231 centímetros de altura del sudanés Manute Bol marcaron un hito en la considerada mejor liga de baloncesto del mundo, la NBA. Llegó en 1985 procedente de Sudán. Desgarbado, retraído y terriblemente antiestético en su juego, rompió todos los moldes y clichés establecidos hasta entonces.

Para rematar su estruendosa aparición, afirmó, recién aterrizado, que no le asustaba el reto que se le avecinaba y lo comparó, para restarle importancia, con una experiencia anterior, la de abatir un león con sus propias mano cuando convivía con sus congéneres de la tribu de los Dinka, al sur de Sudán.

Durante sus diez años en la NBA acaparó las miradas del público que se congregaba en los diferentes estadios que pisaban los Washington Bullets (su primer equipo) y luego Golden State Warriors, Filadelfia Seventy Sixers y Miami Heat y, por último, Milwaukee Bucks, donde ni llegó a debutar pese a que tenía contrato firmado.

En este periplo de una década se marcó la cifra de 2.082 tapones colocados a sus adversarios. A puntos anotados y otras facetas del juego mejor no aludir. Ni aún así consiguió granjearse el cariño de la afición estadounidense, que seguía fijándose en él por haber sido (en sus tiempos) el jugador más alto de la liga. Provocaba hilaridad y comentarios jocosos. Poco más. Era una especie de atracción circense.

Manute vivió en una nube de lujo que atenuaba los recuerdos de su infancia, presididos por su abuelo, otro gigante de 239 centímetros de altura. En EEUU alcanzó su cima salarial, pero el humo de los dólares no podía apaciguar su corazón inadaptado ni evitar la artritis que iba deteriorando sus rodillas. Su rostro mostraba el drama interno que le carcomía. Había aterrizado como un extraterrestre en un mundo que no era el suyo y que le dio de todo menos el cariño que necesitaba.

Acabó sus días vagabundeando por medio mundo, tratando de volver a subir al tren de la riqueza del que tan rápido, para su gusto, había sido desalojado. Sólo y perdido, derrochó todo lo que ganó en caprichos de nuevo rico y murió, el pasado sábado, con lo justito para sobrevivir. Tenía 47 años.

 


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