42.195 metros. Esa es la distancia que quienes traten de emular al griego Filípides habrán de recorrer el domingo 21 de febrero en Valencia. Para ello necesitarán elevadas dosis de energía, mucha ilusión y una buena cantidad de horas de entrenamiento concluidas.
Correr un maratón -así de simple se escribe el vocablo, y con artículo masculino- implica tanta fuerza física como mental. Quien afronta este reto ha de dosificar toda su resistencia y aguantar psicológicamente, sobre todo cuando avanza por el temido ´muro´, esa fase de la carrera que oscila entre los kilómetros 32 y 38, cuando parece que las fuerzas no dan para más.
El corredor aficionado se adentra en un prueba única, máxime cuando lo hace por primera vez sin haber atravesado nunca a pie y en carrera esa distancia antes. Se empieza con frío y temor a la inmensidad del reto. Esos primeros cinco kilómetros de tanteo sirven poco más que para entrar en calor.
A partir del ocho-nueve comienzas a sentirte a gusto, a decidir si te sumas al grupo del práctico -el corredor con un cartelito que marca distancia- de las tres horas y cuarto, de y media o de cuatro o si sigues a tu libre albedrío. No vale la pena presionarse con marcar tiempos cuando eres novato. Se trata de disfrutar de la experiencia.
El recorrido sigue. Hasta el kilómetro 20 la carrera suele resultar sencilla. Al fin y al cabo quien llega hasta allí ya ha acumulado experiencia en unos cuantos medios maratones o ha llevado a cabo ensayos de esa distancia.
Con la mitad de la prueba ya atravesada, tan sólo resta la otra parte. Si has podido con la primera puedes con la segunda, te dices. Pero no tiene nada que ver. Las piernas empiezan a pesar a partir del kilómetros 25. Las dudas asustan la mente. ¿Por qué sufrir si basta con pararse y se acabó todo?, piensas mientras transitas por el 31 y has bebido tres tragos de una de esas botellitas que te ofrecen cada 5.000 metros. Con un poco de suerte no has notado ningún retortijón.
La cabeza manda e impone el impulso que las piernas se resisten a aceptar. Llegas al 38 y te das cuenta de que ya lo tienes superado. Sólo resta culminar la carrera. Ves la meta. Te acercas, la sobrepasas y, mientras lo haces, te sientes la persona más feliz del mundo. Es tu gesta personal, tu reto, tu modo de probarte hasta dónde puedes llegar. Esa sensación compensa los meses de duros y constantes entrenamientos y disipa cualquier duda que haya cruzado por tu cabeza. La experiencia resulta inmensa. Pero sólo lo comprendes si la vives.
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