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Así titula a tres columnas en portada uno de sus últimos ejemplares La Mar de Campos. Solos no podemos. Bajo la frase aparecen imágenes de portadas anteriores en las que este periódico mensual muestra acontecimientos de las comarcas vallisoletanas de las que informa: Campos y Torozos.


Las páginas dos y tres están repletas de artículos que siguen la misma línea y en los que se repite el titular. Escriben desde colaboradores hasta la dirección del medio con el recurso de un editorial. El mensaje resulta tan reiterativo como contundente: si lectores e instituciones no aportan dinero el periódico tendrá que cerrar. Incluso pone fecha. “El próximo número podría ser el último”, anticipa.


Tras cuatro años de publicación, La Mar de Campos lanza ese ultimátum por su propia supervivencia y avisa que tiempo atrás solicitó una colaboración económica a todos los ayuntamientos comarcales cifrada en cien euros de media. Algunos ni han contestado. Con la publicidad cayendo en picado sus opciones de resistir se diluyen.


Tan sólo el pequeño comentario de un colaborador permite mantener un hálito de esperanza. Bajo el título: “Solos no podemos…pero unidos sí”, este contribuyente del medio afirma que el ayuntamiento de su pueblo, San Cebrián, ya ha iniciado una campaña de aportaciones. Anima, a su vez, a todos los lectores a suscribirse porque esta publicación constituye “un instrumento de desarrollo comunitario y rural beneficioso y necesario”.


La agonía que sufre La Mar de Campos no supone un hecho aislado. Al contrario, refleja un contexto. Los medios de comunicación languidecen. La sociedad –plasmada en este caso en las instituciones- se olvida de su papel vertebrador. La frágil memoria colectiva da la espalda a quienes permiten a los ciudadanos disfrutar de uno de sus bienes más preciados: la información. Las noticias no surgen de la nada, ni se divulgan por arte de alguna magia oculta. Por mucho internet que ayude a propagarlas. Emergen por el arduo trabajo de los periodistas y transcienden porque unos medios de comunicación, con la implicación de sus profesionales y basándose en distintos soportes, las dan a conocer.


A pesar de la crisis económica ha llegado el momento de que las entidades públicas y la sociedad en general reconozcan, con hechos, el papel fundamental de la información periodística. Sí, ya sé que las instituciones carecen de solvencia pecuniaria. Pero la imaginación está para desarrollarla y para buscar soluciones que eviten la defunción por inanición de publicaciones, como es el caso de La Mar de Campos, que dan vida a comarcas cuyos vecinos, pese a su proximidad, saben unos de otros porque existe un medio de comunicación que transmite sus informaciones. Tan básico como vital.


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