Pili. Con este diminutivo denominábamos en el barrio al quiosco en el que cada día compraba el periódico. Era una de mis misiones familiares cotidianas, sobre todo los fines de semana, cuando no tenía que acudir al colegio, primero, y luego al instituto. Al principio se hizo cargo del negocio la citada Pili, una oronda morena con el pelo ondulado. Después, con el paso de los años, su hermano, más formal, se ocupó de hacer rentable el reducido local.
Durante una temporada me incliné por comprar el diario en un nuevo quiosco al que sus propietarios, dos matrimonios, bautizaron con el oropélico nombre de Imperial. Duplicaba en espacio a Pili y podías permitirte la diversión de recorrer sus pasillos y revisar toda clase de titulares periodísticos y páginas de libros.
Un día, después de comprar el ejemplar de rigor emprendí el camino de regreso a mi domicilio. A medio camino escuché unos gritos que se iban aproximando. Me giré y contemplé al hijo de los propietarios del quiosco, apenas sin aliento, frente a mí. Tendría unos 20 años, cuatro o cinco más que yo por aquel entonces. Me pidió, con corrección, que abriera la bolsa del pan que llevaba. Obedecí sin darle la menor importancia. Por supuesto, allí sólo estaba la corona del horno La Lluna que tanto gustaba –y sigue haciéndolo- a mi familia.
Me contó que alguien les había hurtado un libro y que en el momento en que se percataron acabábamos de salir del negocio otro cliente –un señor, me matizó- y yo. Escogieron y se equivocaron. Se dejaron llevar por el prejuicio de cuanto más joven más sospechoso. Ese día no perdieron sólo un libro. El modesto quiosco Pili volvió a ser mi referente aunque la curiosidad me llevaba, de cuando en cuando, a retornar al Imperial.
Como también supuso otro referente la Fnac de San Agustín antes de eliminar su oferta periodística. Uno de los placeres clásicos que me permitía los domingos que trabajaba consistía en desplazarme al mediodía hasta este lugar para llevar a cabo un buen repaso de diarios y, sobre todo, de revistas. De la planta baja pasaba a la primera para anotar las últimas novedades bibliográficas. Hasta que la cadena apostó por eliminar la sección de publicaciones periódicas y colocar, en su espacio, modelos de teléfonos móviles. Ellos tomaron su decisión. Yo también adopté la mía de reducir las visitas casi a la mínima expresión.
Ahora me mantengo fiel a otro pequeño comercio quiosquero. En este caso se halla ubicado en la calle Ángel Guimerá y lo dirige un matrimonio trabajador, parlanchín y siempre con una dosis de buen humor en sus comentarios. Como la mayor parte de sus compañeros de profesión resalta por las incontables horas de dedicación a su negocio. Para ellos no existen sábados, domingos ni festivos. Todos los días –excepto tres al año- salen los periódicos a la calle y, por tanto, sus vendedores han de estar al servicio del consumidor.
El quiosquero es el pequeño empresario más arraigado en la vida del lector cotidiano de diarios. Se trata del único con el que se cruza cada jornada, del que le suministra la actualidad y le aconseja o sugiere –con palabras o colocándolo en un lugar más visible- un periódico o su competidor más acérrimo. Mi reconocimiento a todos estos laboriosos profesionales que, un día tras otro, abren a primera hora de la mañana su negocio para nutrir de información a todos sus convecinos. Su tarea gris y perseverante contribuye a mover y mantener el engranaje de la profesión periodística.
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