La última celebración de la festividad de San Francisco de Sales, patrono de quienes desempeñamos la labor de periodistas, volvió a demostrar la diseminación del sector. Al margen de creencias religiosas, esta jornada debería de servir cada año para abrir un debate sobre la situación de la profesión en la Comunidad Valenciana o, simplemente, para reunirnos un buen grupo de quienes amamos y padecemos esta profesión.
Pero no, más bien ocurre lo contrario. La Unió de Periodistas ni lo contempla en su agenda. El hecho de ser laica no la exime de tener en cuenta todo lo que afecte a la profesión. Máxime en una situación como la actual en la que hace falta más unión que nunca y en la que cualquier ocasión resulta adecuada para tratar de conseguirla.
Por el contrario, dice poco de la profesión que tenga que ser el concejal de Valencia Miguel Domínguez el aglutinador de periodistas. Sí, como suena. Él fue quien hizo de anfitrión en el salón de cristal del Ayuntamiento de Valencia el pasado lunes 25 de enero (la fiesta real es el 24 de enero) y quien pronunció un breve alegato sobre la salvaguarda que hacemos los periodistas de la democracia. Curioso como mínimo.
Al menos logró reunir a un centenar de periodistas en el copetín. Él y la fundación COSO. Esta última, con su base de propagandismo católico, cierto es, realiza un ingente trabajo por promover el sector. Organiza jornadas y conferencias y está presente donde puede. Trata, en la medida de sus posibilidades e intereses, de crear nexos de unión entre los profesionales valencianos. Ya es de agradecer tal como está el panorama.
El sector católico y el nacionalista, con un predicamento bastante reducido entre el heterogéneo batiburrillo de informadores valencianos, son los más activos. Cada uno, eso sí, hace la guerra por su cuenta. La Unió se ha convertido durante años en un apéndice de ese sector nacionalperiodista. Ahora que ha moderado su actitud y se centra más en su vertiente periodística que nacionalista no hubiera estado de más que alguno de sus dirigentes se hubiera acercado al cóctel de Miguel Domínguez.
En fin, dejémonos de cuitas y de pugnas estériles e imitemos, en la medida de nuestras posibilidades, a Francisco de Sales, santo conocido por su rostro sereno y su sonrisa sempiterna. Ni siquiera las 33 piedras vesiculares que le contaron cuando falleció alteraron su ánimo ni su afán por distribuir propaganda y convencer a sus conciudadanos para que no acogieran las tesis calvinistas. Ojalá todos tuviéramos tan clara la importancia de la constancia y paciencia en esta profesión. Y de otro factor fundamental, la unión. No desaprovechemos ocasión para dignificar nuestra tarea.
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